Hace 20 días emprendí un reto que hoy estoy con los frutos
de haberlo realizado: una meditación cuántica.
No tenía ni la más remota idea de qué iba, pero si tenía la
idea por comentarios de personas que lo habían vivido, era la experiencia más
liberadora y sanadora del mundo. Harta de cargar equipajes, de recuerdos
momentáneos que me tomaban desprevenida, en fin…cansada de no poder vivir a
conciencia, me inscribí ¡y la promesa de liberación fue cumplida!
Era viernes y yo estaba incierta de qué esperar, nerviosa
con un poco de miedo porque literalmente, no tenía ni idea siquiera, si me iban
a aceptar estar de color negro (una trabaja e ir en pants blancos o utilizar
ropa blanca en otoño para ir al trabajo, not nice). Así que bueno, me dispuse a
esperar, a llamar a una amiga, quien me tranquilizó y me dijo que todo iba a
estar perfecto.
Llegada la hora, me cambié y me fui al salón. Al igual que
las personas con quienes hablé antes de la meditación, nadie tenía ni la más
“peregrina” idea de qué esperar, qué hacer, qué traer, en fin…todos éramos
nuevos en esto.
Comenzó la meditación y la persona quien la guió, fue
increíble. Nos llevó, mediante respiraciones de “fuego” a no pensar
concientemente en lo que estábamos haciendo y solo dejarnos fluir y más
interesante, dejarnos tocar todos los sentimientos de nuestro ser.
Comencé a escuchar ruidos (ojo esta meditación haces de
todo, menos estar callado, algo muy distinto a mi clase de yoga habitual),
quejidos, sollozos, en fin, un sin número de ruidos de los demás. Dejé de
enfocarme en “los otros” y me enfoqué en mí, en lo que tenía que sentir y ¡me
solté! Pasé por las distintas capas que estaba cubierta mi persona: pase por la
infinita tristeza, la desesperación, el infame enojo por el pasado y la
frustración; sentimientos que se manifestaron desde lágrimas hasta gritos tan
potentes que me queda claro que a alguien dejé sordo. Los gritos se acompañaron
de un incesante sudor por la espalda, conforme fui tocando más a profundidad el
sentimiento, el calor corporal incrementaba cada vez más y más. Francamente,
acabé empapada.
Terminadas las capas de los sentimientos negativos, alguien
con risa incansable, me contagio y fueron los minutos de carcajada más
“liberadores”. Me acordé de las cosas que me hacían feliz de niña; los momentos
de felicidad de hace unos años y los que hoy en ocasiones, me permitía vivir.
Llegó el momento de paz y respirando hondo: respiraba paz y sacaba lo que no
necesito, lo que no quiero y lo que no sirve. Me deshice de etiquetas, por
capas me deshice para redescubrir la esencia de quién soy y lo que quiero.
Reí, grité y lloré desde lo más hondo de mi ser. Terminada
la primera parte, todos los del grupo, terminamos abrazados (alguien se acuerda
del video ochentero “sweet harmony”? Algo así, todos en el suelo, vendados en
un gran abrazo) y dejando que fluyeran los sentimientos positivos.
Terminada la sesión, abrí los ojos. Lejos de tener los lentes
de contacto bastante sucios, me sentí desorientada y extremadamente cansada
pero con 1000 kilos de menos, como si no estuviera cargando absolutamente nada.
Llegué a mi casa y dormí no sé cuantas horas, cuando me
desperté, la sensación era más clara: NO ESTABA CARGANDO NADA, me sentía en
absoluta libertad y sobretodo, en paz conmigo misma.
El paso a seguir después de que me deshice de todo, era
volver a armarme, sin ningún concepto, sin ninguna atadura, sin nada.
Simplemente, empezar a ser yo.
Los días han continuado y el sentimiento de libertad, paz y
tranquilidad persiste. Por nada del mundo me engancho en lo que otros dicen,
quieren o hacen, en realidad, lo que ellos hagan, poco me importa porque quien
importa soy yo. ¿Etiquetas? ¡Que pongan las que quieran! Estoy consciente de
quién soy y las etiquetas, no me quedan; en fin, estoy comenzando a trazar mi
camino con más a conciencia y paz.
No es un método para todos, pero es admirable quien lo
enfrenta, por algo sencillo, no todos aceptamos lo que somos, de lo que estamos
hartos y sobretodo, de estamos dispuestos a comenzar desde cero, tocando nuestros
más grandes miedos.
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