miércoles, 23 de noviembre de 2011

Sin etiquetas, más que ESTA SOY YO

Hace 20 días emprendí un reto que hoy estoy con los frutos de haberlo realizado: una meditación cuántica.

No tenía ni la más remota idea de qué iba, pero si tenía la idea por comentarios de personas que lo habían vivido, era la experiencia más liberadora y sanadora del mundo. Harta de cargar equipajes, de recuerdos momentáneos que me tomaban desprevenida, en fin…cansada de no poder vivir a conciencia, me inscribí ¡y la promesa de liberación fue cumplida!

Era viernes y yo estaba incierta de qué esperar, nerviosa con un poco de miedo porque literalmente, no tenía ni idea siquiera, si me iban a aceptar estar de color negro (una trabaja e ir en pants blancos o utilizar ropa blanca en otoño para ir al trabajo, not nice). Así que bueno, me dispuse a esperar, a llamar a una amiga, quien me tranquilizó y me dijo que todo iba a estar perfecto.

Llegada la hora, me cambié y me fui al salón. Al igual que las personas con quienes hablé antes de la meditación, nadie tenía ni la más “peregrina” idea de qué esperar, qué hacer, qué traer, en fin…todos éramos nuevos en esto.
Comenzó la meditación y la persona quien la guió, fue increíble. Nos llevó, mediante respiraciones de “fuego” a no pensar concientemente en lo que estábamos haciendo y solo dejarnos fluir y más interesante, dejarnos tocar todos los sentimientos de nuestro ser.
Comencé a escuchar ruidos (ojo esta meditación haces de todo, menos estar callado, algo muy distinto a mi clase de yoga habitual), quejidos, sollozos, en fin, un sin número de ruidos de los demás. Dejé de enfocarme en “los otros” y me enfoqué en mí, en lo que tenía que sentir y ¡me solté! Pasé por las distintas capas que estaba cubierta mi persona: pase por la infinita tristeza, la desesperación, el infame enojo por el pasado y la frustración; sentimientos que se manifestaron desde lágrimas hasta gritos tan potentes que me queda claro que a alguien dejé sordo. Los gritos se acompañaron de un incesante sudor por la espalda, conforme fui tocando más a profundidad el sentimiento, el calor corporal incrementaba cada vez más y más. Francamente, acabé empapada.

Terminadas las capas de los sentimientos negativos, alguien con risa incansable, me contagio y fueron los minutos de carcajada más “liberadores”. Me acordé de las cosas que me hacían feliz de niña; los momentos de felicidad de hace unos años y los que hoy en ocasiones, me permitía vivir. Llegó el momento de paz y respirando hondo: respiraba paz y sacaba lo que no necesito, lo que no quiero y lo que no sirve. Me deshice de etiquetas, por capas me deshice para redescubrir la esencia de quién soy y lo que quiero.
Reí, grité y lloré desde lo más hondo de mi ser. Terminada la primera parte, todos los del grupo, terminamos abrazados (alguien se acuerda del video ochentero “sweet harmony”? Algo así, todos en el suelo, vendados en un gran abrazo) y dejando que fluyeran los sentimientos positivos.

Terminada la sesión, abrí los ojos. Lejos de tener los lentes de contacto bastante sucios, me sentí desorientada y extremadamente cansada pero con 1000 kilos de menos, como si no estuviera cargando absolutamente nada.
Llegué a mi casa y dormí no sé cuantas horas, cuando me desperté, la sensación era más clara: NO ESTABA CARGANDO NADA, me sentía en absoluta libertad y sobretodo, en paz conmigo misma.

El paso a seguir después de que me deshice de todo, era volver a armarme, sin ningún concepto, sin ninguna atadura, sin nada. Simplemente, empezar a ser yo.
Los días han continuado y el sentimiento de libertad, paz y tranquilidad persiste. Por nada del mundo me engancho en lo que otros dicen, quieren o hacen, en realidad, lo que ellos hagan, poco me importa porque quien importa soy yo. ¿Etiquetas? ¡Que pongan las que quieran! Estoy consciente de quién soy y las etiquetas, no me quedan; en fin, estoy comenzando a trazar mi camino con más a conciencia y paz.

No es un método para todos, pero es admirable quien lo enfrenta, por algo sencillo, no todos aceptamos lo que somos, de lo que estamos hartos y sobretodo, de estamos dispuestos a comenzar desde cero, tocando nuestros más grandes miedos.

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