miércoles, 23 de noviembre de 2011

Y en esta esquina... La Citadina que fue a las Luchas

Como parte de las nuevas vivencias que he tenido, me fui con unos amigos a “las Luchas” a la Arena México. 

Recuerdo vagamente que los domingos que íbamos a ver a mis abuelitos, mi abuelita veía las luchas (esto lo confirmé con mi mamá) y que se emocionaba por cada movimiento que el luchador a quien le iba, hacía para “acribillar” al enemigo. Muy simpático el asunto y más, recordar a mi abuelita, quien era una dama española hecha y derecha, se emocionaba y le hablaba al televisor (y sí lo acepto, la dama se volvía una reverenda aficionada y se la mentaba al contrincante en cuestión).

El plan salió de la forma más espontánea del mundo: una amiga del trabajo me preguntó que si tenía algún plan en específico, a lo cual, solamente había quedado en ir por unos “mojitos” (llevaba semanas pidiendo unos buenos mojitos) e irme a buena hora a mi casa. Cuando me comentó que había quedado en ir con unos amigos a las “luchas”, me pareció buena idea. Alguna vez me habían dicho que era lo más terapéutico del mundo y divertido. A lo que dije un rotundo: “Si quiero”. Después de terminado el día laboral, nos fuimos todos con mi amiga y ahí estaba yo, la “citadina fresa” quien nunca se había parado a ver las luchas en la arena México más que para ver  el extinto espectáculo de “holiday on ice” que mi mamá me llevó a ver en algunas ocasiones cuando era niña.

Llegamos y mil revendedores, puestos con camisetas y mascaras de no sé cuantos luchadores (¡mi madre! No conté todas las máscaras, pero eran demasiadas) antojitos, en fin, todo un circo afuera de la México (y lo que faltaba por ver).
Nos metimos y aunque teníamos los boletos numerados, en ese tipo de espectáculos, ¡vale para dos cosas tenerlos así! Encontramos unos cuantos lugares al centro y nos sentamos.
Comenzaron las luchas y tengo entendido, que las del principio, son aburridísimas. Y sí, lo fueron. Aburridas, trancazos que sonaban y nada espectacular. Yo estaba atónita mirando todo el entorno, ¡era un espectáculo! Lo que sí me di cuenta es que la chica que estaba a mi lado, gritó en todas las luchas y a todos los luchadores todas las “mentadas de madre” que se sabía (y hasta creo que inventó unas nuevas) cada vez que el luchador le pega a “su favorito” (en realidad, creo que en todas las que vimos, tenía uno al menos que era su “favorito”).
Durante toda mi vida viví en el error (y digo vivía porque después de las luchas comprendí tantas cosas…) de que alguien catalogado como un “papito”, “mi rey”, “guapo” y demás adjetivos calificativos, se consideraba un tipo que en su conjunto: cara y cuerpo, es muy atractivo. Noo… ¡error! Para las féminas que van a las luchas, este tipo de adjetivos a los hombres cuentan del “cuello para abajo” (algo que vulgarmente se le conoce como estar “bueno” de cuerpo) y bueno, hasta “casa” les ponen. Un concepto nuevo, sin duda. (Y la verdad… ¡Ni tanto! Están tal “tonelitos” y los hombres así, al menos a mí, no me parecen nada “buenos” ¿alguien se acuerda del “Santo”? ¡¡¡Por Dios! Le urgía bajar la panza!!!).

El hecho de ver el espectáculo (tanto dentro del cuadrilátero como afuera) fue extremadamente divertido. Es chistoso ver cómo la gente, sea de cualquier estatus social, saca sus mejores “guarradas” y todas, absolutamente todas, son bien vistas e inclusive, aplaudidas. Si no mal recuerdo, llegó un punto en que yo (si YO) saqué los guarrismos de “rómpelo, yo lo pago” “y tú luchador” x”, porque ni me acuerdo del nombre- vas y… tu ma”! (mis amigos estaban botados de la risa y yo, lo acepto, también) y el amigo con quien iba, ¿por qué no aplicó el: “me paro de pie por la guapa” (entiéndase lo anterior, cuando en un momento pasó una monita en bikini mostrando el cartelito de la “Segunda Caída”) ¡carcajada instantánea de quienes lo escuchamos! Frase naquerríma pero absolutamente bien aplicada (y aplaudida) en el lugar correcto (Honestamente, no lo veo diciendo lo anterior en una junta…si no, que ¡miedo!).

Si no mal recuerdo, en algunas ocasiones me dijeron que ir a las luchas “es lo más terapéutico” del mundo y la verdad ¡sí! (caray, y más barata que cualquier terapia psicológica, eh) Sacas absolutamente todo el estrés que tienes de la semana y rompes con los planes cotidianos para divertirte y pasar un buen rato. De haberlo sabido antes, ¡me iba más seguido a las luchas! (bueno, quien sabe que tan bueno eso hubiera sido, porque seguro hubiera terminado aventado una silla al luchador malo! Jajaja).

Una experiencia que me produjo tal carcajada (y es que de verdad, es surreal) que solo de acordarme de todo lo vivido, me dibuja una gran sonrisa.

Sin etiquetas, más que ESTA SOY YO

Hace 20 días emprendí un reto que hoy estoy con los frutos de haberlo realizado: una meditación cuántica.

No tenía ni la más remota idea de qué iba, pero si tenía la idea por comentarios de personas que lo habían vivido, era la experiencia más liberadora y sanadora del mundo. Harta de cargar equipajes, de recuerdos momentáneos que me tomaban desprevenida, en fin…cansada de no poder vivir a conciencia, me inscribí ¡y la promesa de liberación fue cumplida!

Era viernes y yo estaba incierta de qué esperar, nerviosa con un poco de miedo porque literalmente, no tenía ni idea siquiera, si me iban a aceptar estar de color negro (una trabaja e ir en pants blancos o utilizar ropa blanca en otoño para ir al trabajo, not nice). Así que bueno, me dispuse a esperar, a llamar a una amiga, quien me tranquilizó y me dijo que todo iba a estar perfecto.

Llegada la hora, me cambié y me fui al salón. Al igual que las personas con quienes hablé antes de la meditación, nadie tenía ni la más “peregrina” idea de qué esperar, qué hacer, qué traer, en fin…todos éramos nuevos en esto.
Comenzó la meditación y la persona quien la guió, fue increíble. Nos llevó, mediante respiraciones de “fuego” a no pensar concientemente en lo que estábamos haciendo y solo dejarnos fluir y más interesante, dejarnos tocar todos los sentimientos de nuestro ser.
Comencé a escuchar ruidos (ojo esta meditación haces de todo, menos estar callado, algo muy distinto a mi clase de yoga habitual), quejidos, sollozos, en fin, un sin número de ruidos de los demás. Dejé de enfocarme en “los otros” y me enfoqué en mí, en lo que tenía que sentir y ¡me solté! Pasé por las distintas capas que estaba cubierta mi persona: pase por la infinita tristeza, la desesperación, el infame enojo por el pasado y la frustración; sentimientos que se manifestaron desde lágrimas hasta gritos tan potentes que me queda claro que a alguien dejé sordo. Los gritos se acompañaron de un incesante sudor por la espalda, conforme fui tocando más a profundidad el sentimiento, el calor corporal incrementaba cada vez más y más. Francamente, acabé empapada.

Terminadas las capas de los sentimientos negativos, alguien con risa incansable, me contagio y fueron los minutos de carcajada más “liberadores”. Me acordé de las cosas que me hacían feliz de niña; los momentos de felicidad de hace unos años y los que hoy en ocasiones, me permitía vivir. Llegó el momento de paz y respirando hondo: respiraba paz y sacaba lo que no necesito, lo que no quiero y lo que no sirve. Me deshice de etiquetas, por capas me deshice para redescubrir la esencia de quién soy y lo que quiero.
Reí, grité y lloré desde lo más hondo de mi ser. Terminada la primera parte, todos los del grupo, terminamos abrazados (alguien se acuerda del video ochentero “sweet harmony”? Algo así, todos en el suelo, vendados en un gran abrazo) y dejando que fluyeran los sentimientos positivos.

Terminada la sesión, abrí los ojos. Lejos de tener los lentes de contacto bastante sucios, me sentí desorientada y extremadamente cansada pero con 1000 kilos de menos, como si no estuviera cargando absolutamente nada.
Llegué a mi casa y dormí no sé cuantas horas, cuando me desperté, la sensación era más clara: NO ESTABA CARGANDO NADA, me sentía en absoluta libertad y sobretodo, en paz conmigo misma.

El paso a seguir después de que me deshice de todo, era volver a armarme, sin ningún concepto, sin ninguna atadura, sin nada. Simplemente, empezar a ser yo.
Los días han continuado y el sentimiento de libertad, paz y tranquilidad persiste. Por nada del mundo me engancho en lo que otros dicen, quieren o hacen, en realidad, lo que ellos hagan, poco me importa porque quien importa soy yo. ¿Etiquetas? ¡Que pongan las que quieran! Estoy consciente de quién soy y las etiquetas, no me quedan; en fin, estoy comenzando a trazar mi camino con más a conciencia y paz.

No es un método para todos, pero es admirable quien lo enfrenta, por algo sencillo, no todos aceptamos lo que somos, de lo que estamos hartos y sobretodo, de estamos dispuestos a comenzar desde cero, tocando nuestros más grandes miedos.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

El verdadero valor de un anillo - Jorge Bucay

Ayer me contaron este cuento... y me dejó pensando mucho sobre lo que ha pasado en mi vida en los últimos tiempos. 
Me gustó tanto, que por eso lo comparto.

"Érase una vez un joven que acudió a un sabio en busca de ayuda.

-Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo ganas de hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

El maestro, sin mirarlo, le dijo: «Cuánto lo siento, muchacho. No puedo ayudarte, ya que debo resolver primero mi propio problema. Quizá después...». Y, haciendo una pausa, agregó: «Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar».

-E... encantado, maestro -titubeó el joven, sintiendo que de nuevo era desvalorizado y sus necesidades postergados.
-Bien -continuó el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda y, dándoselo al muchacho, añadió-: Toma el caballo que está ahí fuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, y no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó al mercado, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes, que lo miraban con algo de interés hasta que el joven decía lo que pedía por él.

Cuando el muchacho mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le giraban la cara y tan sólo un anciano fue lo bastante amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era demasiado valiosa como para entregarla a cambio de un anillo. Con afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un recipiente de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.

Después de ofrecer la joya a todas las personas que se cruzaron con él en el mercado, que fueron más de cien, y abatido por su fracaso, montó en su caballo y regresó.

Cuánto hubiera deseado el joven tener una moneda de oro para entregársela al maestro y liberarlo de su preocupación, para poder recibir al fin su consejo y ayuda.

Entró en la habitación.

-Maestro -dijo-, lo siento. No es posible conseguir lo que me pides. Quizás hubiera podido conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
-Eso que has dicho es muy importante, joven amigo -contestó sonriente el maestro-. Debemos conocer primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar tu caballo y ve a ver al joyero. ¿Quién mejor que él puede saberlo? Dile que desearías vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca: no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.

El joven volvió a cabalgar.

El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo al chico:

-Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya mismo, no puedo darle más de cincuenta y ocho monedas de oro por su anillo.
-¿Cincuenta y ocho monedas? -exclamó el joven.
-Sí -replicó el joyero-. Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de setenta monedas, pero si la venta es urgente...

El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.

-Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-. Tú eres como ese anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte un verdadero experto. ¿Por qué vas por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?

Y, diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo meñique de su mano izquierda".

He entendido en este tiempo (y después de determinado reencuentro con un "mercader mal agradecido e irresponsable de sus palabras"  quien osó decirme lo primero que le vino a la cabeza (por cierto, frase súper mala, pirateada y comprada)  y que caló en lo más hondo del corazón y alma) que soy una joya única que no cualquiera sabe valorar, apreciar y cuidar. 
La primera persona quien cuida este ser soy yo, diario lo alimento de amor y cosas positivas; no dejandóme vencer y fortaleciendo su valor. Me queda más que claro, que esta joya invaluable, no está a la venta, en el mercado y menos, está dispuesta a estar con cualquiera.

Sé cuanto valgo, brillo y se cuán responsable soy de mis acciones, por eso, no me arrepiento de lo que digo con el corazón (y menos, cuando tiene ese "plus").